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El Jarocho: donde el café se vuelve historia y el aroma, memoria de Coyoacán

por Miguel
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Por Redacción Guía Coyoacán
Coyoacán, CDMX – Octubre 2025

Hay lugares que no necesitan presentación porque basta su aroma para reconocerlos. En Coyoacán, ese olor a café recién molido, mezclado con el aire húmedo de la mañana y las risas que se escapan del parque, tiene nombre propio: Café El Jarocho.

Frente a su barra de madera gastada, el tiempo parece detenerse. Un vaso caliente entre las manos, una concha, una charla improvisada. El Jarocho no es solo una cafetería: es una tradición que nació hace más de seis décadas y que se ha convertido en el corazón líquido de Coyoacán.

El Jarocho abrió sus puertas en 1953, cuando el señor Gil Romero, originario de Veracruz, decidió vender café en un pequeño local en la esquina de Cuauhtémoc y Allende, justo al lado del Jardín Centenario. Nadie imaginaba que aquel espacio modesto se convertiría en un punto de referencia cultural, un símbolo de barrio y pertenencia.

Desde entonces, generaciones enteras han pasado por su mostrador: estudiantes con prisa, escritores en busca de inspiración, músicos, turistas curiosos y vecinos que simplemente no pueden comenzar el día sin su taza de café de olla o su espresso bien cargado.

El Jarocho no necesita wifi ni pretensiones. Su magia está en la sencillez: en los vasos de unicel, el ruido de la máquina de café, las charolas de pan, las pláticas que van del arte a la política, y los aromas que se mezclan con los recuerdos.

Cada taza cuenta una historia. Tal vez por eso, El Jarocho es tan Coyoacán como la Fuente de los Coyotes o la Casa Azul de Frida Kahlo: porque ha sabido conservar su esencia sin disfrazarse de moda. Aquí lo auténtico nunca pasa de moda.

En la barra de madera, un café caliente y una dona cubierta de azúcar esperan a quien madruga. Afuera, la fila avanza despacio mientras el sol empieza a colarse entre las ramas de los árboles. Alguien ríe, otro hojea un libro, una pareja se toma de la mano.
Y en medio de todo, el olor del café se vuelve hilo conductor: une las historias, los días y los sabores de un barrio que todavía respira como pueblo.

El Jarocho no solo sirve café; sirve momentos, esos que se guardan sin querer en la memoria y saben igual cada vez que uno regresa.

En tiempos donde las cafeterías de diseño brotan por todos lados, El Jarocho sigue siendo fiel a su origen: café fresco, atención rápida, precio justo y ese ambiente sin pretensión que solo el tiempo puede fabricar.
Sus paredes no necesitan letreros de “auténtico”: lo son.
Porque aquí el sabor no se vende, se comparte.

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